Localización
Xove, parroquia de Villa, Xixón
Denominación
Campa Torres
Historiografía
Ya desde el siglo XVI se relaciona el lugar con el monumento erigido a Augusto conocido como las Aras Sextianas, dando lugar a la primera intervención arqueológica documentada en Asturias, en 1795. Sin embargo, no es hasta 1972 cuando es reconocido como castro por José Manuel González y Fernández Valles e identificado con el oppidum Noega de las fuentes clásicas. Esto provocó unos primeros sondeos arqueológicos en 1978 bajo la dirección de José Luis Maya y J. Bellón. Entre 1982 y 1999 y dentro del Proyecto Gijón, se realizaron varias campañas arqueológicas bajo la dirección de José Luis Maya y Francisco Cuesta, así como la creación del Parque Arqueológico de la Campa Torres en 1991. El enclave ha sido descrito por varios autores, como Camino Mayor (1989) que lo incluyó en su catálogo de castros costeros (1995), Martínez Villa, en el Inventario Arqueologico del concejo (1995) y su revisión posterior por Sánchez Hidalgo y Menéndez Granda, autores que también realizaron cuatro sondeos arqueológicos en el denominado pozo de agua nº 1 (2003). Actualmente se están llevando a cabo varias campañas arqueológicas enmarcadas en el Proyecto Campa, promovidas por el Ayuntamiento de Xixón en colaboración con el Instituto de Historia del Centro Superior de Invenstigaciones Científicas de la Universidad de Oviedo y la Asociación de Amigos de los Museos de Gijon (A.M.A.G).
Régimen de Protección Legal
En 1980 se iniciaron los trámites para su declaración como Bien de Interés Cultural BIC, haciéndose efectiva el 13 de octubre de 1994, según decreto 75/94. Incluido en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias (IPCA) el 23 de diciembre del 2013. Grado de Protección Integral en el Catálogo Urbanístico del concejo de Xixón.
Descripción Arqueológica
Se localiza en el sector final de una península costera sobreelevada, a 122 msnm, con fáciles fondeaderos laterales.
Según José Manuel González Valles, el sistema defensivo se localiza exclusivamente en el lado meridional. En su primera inspección superficial, el autor ya intuyó la monumentalidad de estas defensas, compuestas por un foso que corta el collado. Este foso tiene 115 metros de longitud, con una profundidad de entre 3 y 4 metros desde el collado, y una base de 5 metros de ancho. A unos 8 metros sobre su escarpe septentrional se conservan restos de una muralla construida con pequeñas piedras de cuarcita, que se eleva 2 metros sobre un antecastro de 35 metros de ancho, que se sitúa a una cota superior al collado. Aproximadamente 15 metros por encima de este antecastro, se han identificado vestigios de una segunda línea de muralla, de mayores dimensiones, también construida con cuarcita. Esta muralla se eleva 2 metros sobre el recinto, el cual está dividido en dos planicies que recorren la península costera, con una longitud de 400 metros y una anchura que varía entre 100 y 150 metros, dependiendo del sector. En la superficie del sector sureste se observan piedras sueltas de construcciones derruidas, fragmentos de tégulas romanas y abultamientos del terreno (González y Fernández Valles, 1979).
Las excavaciones arqueológicas y la monografía publicado por José Luis Maya y Francisco Cuesta proporcionan una descripción más detallada del sitio. El foso, conocido como «la Canal de los Moros», se extiende en dirección oeste-este y, según los sondeos de 1985, fue excavado en cuarcita, con una sección en forma de «U» o «V» según el sector. Su profundidad varía entre 3 metros en los sectores más superficiales y hasta 10,5 metros en los más profundos. La anchura oscila desde los 18,57 metros en el sector oriental hasta los 6,20 metros en los tramos más angostos. El contrafoso es un terraplén construido con los materiales extraídos del foso, reforzado en su cara interna por un paramento de cuarcitas y calizas talladas, con un relleno de cantos menudos. Este se divide en tres semimódulos: 13,13 metros el oriental, 13,30 metros el central y 8,20 metros el occidental. Aunque este contrafoso sigue la dirección del foso en el extremo oriental, no parece haberlo acompañado a lo largo de todo su recorrido.
Después del antecastro, una suave depresión de unos 46 metros de ancho, se eleva una colina sobre la que se erige la muralla principal. Esta impresionante defensa está construida con grandes sillares de cuarcita armoricana, dispuestos a hueso, con un almohadillado central y un núcleo interior compuesto de bloques irregulares. Se conservan 101,31 metros de esta muralla, aunque el extremo oriental está cortado por una cantera. El lienzo externo alcanza una altura de 1,50 metros en el ángulo W, mientras que el interno mide alrededor de 2,82 metros. La muralla está compartimentada en módulos independientes, delimitados por un paramento externo. El módulo más oriental (módulo 2) se orienta en dirección E-W, con una longitud exterior de 40,61 metros, mientras que el interior mide 38,20 metros y su ancho varía entre 6,10 y 6,70 metros. Adosado a este módulo se encuentra el bastión oriental, interpretado como una torre avanzada, descubierto en 1989. Del bastión se conservan 14,65 metros de longitud, 2 metros de altura y 5,50 metros de ancho.
El módulo central (módulo 1) sigue la misma orientación y tiene una longitud de 26,50 metros, con una anchura que varía entre 6,70 metros en el W y 5,80 metros en el E. Adyacente a este, en dirección NE-SW, se encuentra el módulo transversal, de planta oblonga, con dimensiones de 10 x 4,90 metros y una altura de 2 metros. En el ángulo SW del módulo transversal se dispone el bastión occidental, con una orientación SE-NW, una longitud de 27 metros y un ancho de 9,80 metros. Desde la esquina NE de este bastión se extiende el módulo más occidental (módulo 3), también con la misma orientación, una longitud de 14,40 metros y un ancho de 7 metros. Junto al módulo central, en el interior del recinto, se encuentra un paso de ronda, probablemente construido en una fase posterior. Este paso está formado por un terraplén de piedras y grava que delimita una terraza nivelada, ceñida por un pequeño muro de contención.
Tras la muralla y la elevación sobre la que se erige, aparentemente sin construcciones significativas, se accede al recinto interior. En su interior, en la denominada Campa, se han documentado viviendas de piedra de planta cuadrangular y redondeada, algunas con compartimentaciones internas y 4 pozos de agua con escalinata descendente. Estas construcciones, de cronología romana, se asentaron sobre un estrato más antiguo que presenta huellas de cubetas de fundición de bronce, lo que sugiere una ocupación indígena previa, relacionada con la primera muralla.
En el interior del recinto, próximo a la muralla, se han identificado también viviendas, lo que indica que la muralla no solo tuvo un papel militar, sino que sirvió como plataforma de hábitat. Las construcciones domésticas son de carácter modesto en comparación con la monumentalidad de las defensas, llegando en algunos casos a ser complicada su identificación como tales; muchas de ellas se manifiestan solamante con la presencia de hogares, algunos de estos pudieron también haber sido áreas de combustión al aire libre. En general, tenían planta redondeada y fueron construidas mediante varias técnicas constructivas, que iban desde postes encajados en la roca o el pavimento arenoso, hasta muros de piedra delimitados por un simple círculo. Las estructuras más complejas, y probablemente más recientes, se caracterizan por tener un doble muro de piedra con una trinchera intermedia, donde se insertaban los postes que sostenían el armazón (Maya González y Cuesta Toribio, 2001).
Cultura Material
Las intervenciones realizadas en el enclave, que empezaron con varios sondeos en 1978 y se extendieron entre 1982 y 1999, han ofrecido un amplio repertorio arqueológico que resumimos a continuación:
Los materiales de bronce aparecen representados con brazaletes, tubitos decorados, cuentas, colgantes de barrita moldurada, pendientes amorcillados, adornos en espiral, una peineta, un importante lote de fíbulas de diversas tipologías, placas de cinturón, enganches de tahalí, chapas apuntadas, prendedores liciformes, varillas con extremos en gancho, hebillas anulares, remates de tiras con remaches, pasadores en T, una ruedecilla, varias pinzas de depilar, agujas, anzuelos, sítulas, cadenillas y fragmentos de un caldero con remaches.
En oro se recuperó un tubito decorado, un alambre, una chapita, una anillita y un aplique circular. También se recuperó un pendiente de plata ligeramente amorcillado y un anillito. Los hallazgos en hierro proporcionalmente son menos abundantes, posiblemente por la mala conservación, y están conformados por cuchillos, navajas de afeitar, un podón, un hacha, un gancho, regatones, punzones, barritas, fíbulas, enganches de tahalí, hebillas anulares, así como algún clavo.
El amplio repertorio de cerámicas locales documentadas fue fabricado mayoritariamente a mano y cocido en ambientes reductores, piezas de tonos oscuros con superficies bruñidas, alisadas y espatuladas. Las tipologías más antiguas arrancan los siglos VI-V a.C extendiéndose hasta una fase final prerromana en los siglos II-I a.C. Dentro de la cerámica de importación fabricada a torno, se recuperaron algunos fragmentos de cerámica ática de barniz negro, ánforas greco-romanas y varios kalathoi que indican un comercio marítimo. La cerámica romana también muestra un abundante registro, compuesto por vajilla de mesa de terra sigillata itálica, gálica e hispánica, así como cerámicas comunes y vidriadas. La actividad metalúrgica se manifiesta a través de un repertorio compuesto por más de dos centenares de partes de crisoles, toberas, escorias y lingonitos (Maya González y Cuesta Toribio, 1999, 2001).
Periodización
Para la periodización de La Campa Torres nos vamos a basar exclusivamente en las interpretaciones ofrecidas por Maya González y Cuesta Toribio, sin entrar en otras revisiones o críticas propuestas por otros autores ni en las últimas campañas arqueológicas llevadas a cabo enmararcadas en el Proyecto Campa.
La fase más antigua está definida por un primer nivel de incendio masivo entre 1064 y 1004 a.C. que no muestra evidencias claras de habitabilidad. Le sigue la denominada Fase I o Inicial, entre los siglos VI-V a.C. Se inicia con un segundo nivel de inciendio y la posterior fundación de la muralla, no mostrando indicios de la construcción de viviendas, pero sí materiales relacionados con ellas, como improntas de barro. Esta fase está avalada por seis dataciones radiocarbónicas enmarcadas entre 800-500 a.C, por lo que los autores proponen una fundación en torno al siglo VI a.C con una evolución durante el V a.C.
La Fase II o Media, entre el IV-III a.C, se caracteriza por la reorganización del espacio intramuros. En el siglo IV a.C. se llevan a cabo reformas en la muralla, con la construcción del paso de ronda, con una gran actividad constructiva de viviendas en torno a ella. El siglo III muestra un crecimiento demográfico, una actividad metalúrgica intensa y relaciones comerciales con el mundo mediterráneo. Es el momento de mayor prosperidad del castro, con reformas en las viviendas y la construcción de infraestructuras como pozos y aljibes.
La fase III o Final prerromana se enmarca entre los siglos II y I a.C. y coincide con los momentos previos a la conquista romana. Si bien se documentó un nuevo nivel de incendio, no posterior a mediados del siglo II a.C, no se documentaros huellas de destrucción violenta, sugiriendose una transición relativamente pacífica bajo control romano, desde mediados del siglo I d.C hasta avanzado el siglo II d.C.
La fase de abandono se enmarca en el siglo III d.C . No obstante, las defensas permanecieron en pie, aunque en ruinas, hasta los siglos IV y V d.C. Durante este periodo, los escasos restos de ocupación indican reocupaciones puntuales, aunque sin la vitalidad de épocas anteriores (Maya González y Cuesta Toribio, 1999, 2001).
Estado de conservación
En 1987, se inició la redacción del Plan Director del Parque Arqueológico-Natural de la Campa Torres, un proyecto encargado a los directores de las investigaciones arqueológicas por la Subdirección General de Arqueología del Ministerio de Cultura. Cuatro años más tarde, en 1991, se firmó el convenio para el comienzo de las obras entre el Ayuntamiento de Gijón y el Ministerio de Cultura, al que posteriormente se sumó la Consejería de Educación y Cultura del Principado de Asturias.
El Parque Arqueológico-Natural de la Campa Torres fue finalmente inaugurado en 1995, en el marco de la exposición Astures, pueblos y culturas en la frontera del Imperio Romano. Hoy en día, forma parte de los Museos Arqueológicos de Gijón, gestionados por el Ayuntamiento, y es un referente en la divulgación de la historia y patrimonio de la región.
El Parque cuenta también con un centro de interpretación que ofrece información detallada sobre los descubrimientos arqueológicos y la evolución del castro a lo largo de los siglos. Exhibiciones de objetos encontrados en el yacimiento, recreaciones de viviendas castreñas y romanas, y proyecciones audiovisuales ayudan a contextualizar la importancia de La Campa Torres en la historia del norte de la Península Ibérica.
El Proyecto Campa objetivo planificar intervenciones de conservación, continuar investigaciones arqueológicas basadas en trabajos previos y actualizar la difusión del yacimiento. Para ello, se encargó al Instituto de Historia del CSIC la redacción del proyecto, con el fin de mejorar la conservación, programar nuevas excavaciones y estudios, y modernizar la comunicación del sitio.
Leyendas y tradiciones
Referencias a los moros (Camino Mayor, 1995).
Bibliografía básica
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